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Un amor más allá de lo racional

Creo fuertemente que el amor cuando es real, inevitablemente va más allá de lo racional. Quién podría juzgarlo? Quién tiene ese derecho?


“Y nada tenía de malo, y nada tenía de raro, que se me hubiera roto el corazón, de tanto usarlo” dice con su eterna sabiduría Eduardo Galeano en su Libro de los Abrazos.


Aunque a veces no correspondido, aunque duela, quién nos quita el torbellino en el corazón? Quién nos quita la paz de un abrazo corazón a corazón? Porque hay que amar, hay que sentir, hay que vivir, hay que pasarlo por el cuerpo.


El amor de Alfonsina y Horacio terminó en tragedia… pero quién se lo quita?



En 1922, Alfonsina frecuentaba recurrentemente la casa del pintor Emilio Centurión, de donde surgiría posteriormente el grupo Anaconda. Allí conoció a Horacio Quiroga, que había llegado de su refugio en San Ignacio, Misiones, durante el año 1916. Un hombre marcado por el destino, perseguido por los suicidios de seres queridos.

La amistad con Quiroga fue la de dos seres distintos. Jugaron una tarde a las prendas. El juego consistió en que Alfonsina y Horacio besaran al mismo tiempo las caras de un reloj de cadena, sostenido por Horacio. Este, en un rápido ademán, escamoteó el reloj precisamente en el momento en que Alfonsina aproximaba a él sus labios, y todo terminó en un beso.

Sin embargo, cuando Quiroga resuelve irse a Misiones en 1925, Alfonsina no lo acompaña. Quiroga le pide que se vaya con él y ella, indecisa, consulta con su amigo el pintor Benito Quinquela Martín. Aquél, hombre ordenado y sedentario, le dice: «¿Con ese loco? ¡No!».


Entre cartas quemadas y sollozos, se alimentaba un amor irreal, que no lo disipaba la distancia ni los males.


En el año 1937, Quiroga se quita la vida con cianuro, luego de que una junta médica le diagnosticara cáncer de próstata. Esa misma tarde del 18 de febrero, al conocer noticia, Quiroga pidió permiso para dar un paseo y visitar a su hija fuera del hospital, permiso que le fue concedido. Pasó por una farmacia y compró cianuro. Regresó al hospital. Mezcló el polvo en un vaso con agua y se quitó la vida.


Muchos dicen que había dejado solo una carta y estaba dirigida justamente a Alfonsina…


Ella le dedicó un poema de versos descarnados:


Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

Y así como en tus cuentos, no está mal;

un rayo a tiempo y se acabó la feria…

Allá dirán

Más pudre el miedo, Horacio,

Que la muerte que a las espaldas va.

Bebiste bien, que luego sonreías…

Allá dirán.


En 1935 le diagnosticaron a Alfonsina un cáncer de mama y tuvieron que quitarle el seno derecho. Dos años después su salud empeoraba rápidamente, ella presentía el final y le costaba seguir adelante producto del dolor y de su estado anímico. En esta etapa sus poesías expresan sentimientos de muerte maximizados por el suicidio de Horacio.

En los últimos momentos de su vida tenían que inyectarle morfina por el dolor que padecía producto de la enfermedad terminal, los médicos le dieron seis meses de vida y como no podía seguir sufriendo de esa manera, decidió viajar a Mar del Plata. Envió al diario La Nación un poema de despedida titulado “Voy a dormir”, una carta a su hijo y una nota a la policía para que no culpen a nadie de su muerte. El 25 de octubre de 1938 decidió terminar con la agonía y caminó hacia el espigón de La Perla, desde donde se lanzó al mar.


Voy a dormir


Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación; la que te guste;

todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido...


Siempre, siempre, siempre, siempre, se trata de amar...

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